Eneida
Eneida 850 —pero por qué— a las tretas de los vientos y al cielo
después que tantas veces me ha burlado su apariencia serena?»
Decía esto y asiéndose al timón,
pegándose a él, no lo apartaba de sí y sus ojos seguían fijos en las estrellas.
Sacude el dios entonces en sus sienes un ramo húmedo del rocío del Leteo,
855 impregnado del poder soporífero de la laguna Estigia,
y a pesar de su esfuerzo le relaja sus pupilas fluctuantes.
Apenas empezaba a distender sus miembros
un súbito sopor, cuando cargando el dios sobre él,
lo precipita de cabeza en las diáfanas ondas
con el timón y parte de la borda que arranca en su caída
860 mientras en vano llama a sus compañeros una vez y otra vez.
Y el dios se alza a la altura volandero por el aire delgado.
Con no menor seguridad apresura la flota su marcha por el mar,
según lo prometido por el padre Neptuno navega sin temor.