Eneida
Eneida Y ya mar adelante se iban aproximando a los escollos
865 de las Sirenas, arduos de atravesar en otro tiempo. Blanqueaban los huesos
de numerosas víctimas. A lo lejos resonaba el embate incesante de las olas
cuando el caudillo advierte que la nave sin piloto navega a la deriva.
Él mismo con su mano la guía por las sombras de las olas
entre gemidos incesantes conmovido en el alma por la suerte de su amigo:
870 «¡Ay, demasiado crédulo en el cielo sereno y en la calma del mar,
yacerás, Palinuro, sin tierra que te cubra, sobre ignorada playa!»