Eneida
Eneida Cortado el primer ramo aparece otro igual y el tallo se reviste de hojas de oro.
Asà que alza los ojos y escudriña, y una vez que lo encuentres
145 cógelo con la mano como debes, pues él se irá contigo de grado dócilmente
si te es propicio tu hado. En otro caso no habrá fuerza capaz de doblegarlo
ni duro hierro que lo arranque. Además el cuerpo de tu amigo
150 —tú no lo sabes, ¡ay!, yace sin vida— y su cadáver
inficiona la flota mientras tú consultando los oráculos
permaneces suspenso ante mi umbral. Antes dale la tierra que merece y deposita su cuerpo en un sepulcro. Ofrece en sacrificio ovejas negras.
Sea ésta la primera ofrenda expiatoria. Sólo asà lograrás
ver los bosques sagrados de la Estigia y los reinos
155 que a los vivos no es dado recorrer». Dice, pliega sus labios y enmudece.
Entristecido el rostro, con los ojos bajos, Eneas se adelanta dejando la caverna.
Da vueltas y más vueltas en su alma a aquella trama de misterios.