Eneida
Eneida Tritón, celoso de él, lo coge de improviso (si tal puede creerse)
y en medio de las rocas lo hunde bajo las olas espumantes.
175 Todos en derredor de su cadáver gemÃan prorrumpiendo en fuertes gritos,
el buen Eneas el que más de todos. Entonces sin demora se apresuran llorando
a cumplir la orden de la Sibila.
Su afán es apilar troncos de árboles en la pira del altar y alzarla hasta los cielos.
Se adentran en un vetusto bosque, honda guarida de alimañas,
180 caen a tierra los pinos; a los golpes del hacha resuenan las carrascas.
Rasgan troncos de fresno y de hendidizo roble con las cuñas.
Rodando monte abajo van los talludos olmos. En medio del trabajo,
Eneas se adelanta a animar a los suyos. Arma lo mismo que ellos
con el destral su mano. Y con los ojos fijos en el inmenso bosque
185 su entristecido corazón da vueltas y más vueltas a su cuita
y dirige esta súplica: «¡Si se me apareciera en este instante el ramo de oro