Eneida
Eneida en su árbol entre la ingente fronda de este bosque!
Pues todo lo que ha dicho la adivina de ti, Miseno, ha sido ¡ay! harto cierto».
Apenas acabó de decir esto cuando delante mismo de sus ojos, por fortuna,
190 volando desde el cielo desciende una pareja de palomas
y va a posarse sobre el verde césped. Entonces reconoce el gran héroe
a las aves de su madre y suplica gozoso:
«¡Sed vosotras mi guía y si hay algún camino,
vosotras por el aire dirigidme los pasos hacia aquella arboleda
195 donde el preciado ramo sombrea el fértil suelo!
¡Y tú, madre divina, no me abandones,
ay, en este trance!» Dice y refrena el paso espiando
qué es lo que las palomas le señalan,
a dónde se dirigen. Ellas picoteando revuelan hasta el punto preciso
200 que pueden alcanzar los que las van siguiendo con los ojos.
Y después cuando llegan hasta la boca del infecto Averno, alzan raudas el vuelo