Eneida
Eneida y se deslizan por el aire traslúcido y se posan las dos en el tejuelo que desean,
sobre el árbol donde con vario viso brilla el fulgor del oro entre las ramas.
Lo mismo que en el bosque cuando llegan los fríos del invierno, a menudo florece
205 en nuevas bayas el muérdago en un árbol ajeno a él y acostumbra a abrazar
su fruto azafranado el combo tronco, lo mismo parecía el ramo de oro
entre la fronda de la densa encina y su lámina así iba restallando
entre el blando susurro de la brisa. Eneas al instante se apodera del ramo
210 que resiste a su impaciencia y lo arranca afanoso y lo lleva a la gruta
en que mora la profética Sibila. Entre tanto, los teucros en la playa
no cesaban de llorar a Miseno y rendían a sus restos,
ya incapaces de gratitud, el último tributo.
Comienzan levantando una gran pira con leña resinosa
215 y con troncos de roble, y entretejen de oscuro ramaje su costado.
Plantan delante de ella fúnebres cipreses