Eneida
Eneida y encima la decoran con sus fulgentes armas[159].
Unos calientan agua; borbotea a la lumbre en calderas de bronce.
Y lavan y ungen el helado cadáver.
Prorrumpen en gemidos y, vertidas las lágrimas,
220 colocan en un lecho los despojos mortales y sobre ellos sus purpúreos vestidos,
sus prendas preferidas. Otros sostienen el pesado féretro, menester doloroso,
y, vuelto el rostro a un lado, aplican a la base de la pira la antorcha
según rito ancestral y queman las ofrendas apiladas, el incienso,
225 las viandas y las copas del aceite vertido. Cuando empiezan a caer las cenizas
y la llama se extingue, van lavando con vino lo que queda de sedientas pavesas.
Corineo recoge los huesos y los guarda en una urna de bronce.
Pasa él mismo tres veces ante el corro de asistentes con el agua lustral
230 y esparce leves gotas sobre ellos con un ramo de fértil olivo
y purifica así a sus compañeros y pronuncia las últimas palabras.