Eneida
Eneida Y la piedad de Eneas monta el túmulo de imponente tamaño
en que pone las armas del soldado, su remo y su clarín al pie de un alto monte
235 que en su honor se llama ahora Miseno y llevará siempre su nombre.
Hecho esto, se apresura a acabar de cumplir la orden de la Sibila.
Había una honda cueva pavorosa, con su ancha fauce abierta, áspera de guijarros,
protegida de un lago de aguas negras y un tenebroso bosque.
240 Sobre ella no podía tender impunemente su vuelo ningún ave.
Tan hediondo era el hálito, que sus oscuras fauces despedían
y alzaban a la bóveda del cielo. Por eso designaron los griegos el lugar
con el nombre de Aornos, el ausente de pájaros. Allí alinea primero la Sibila
cuatro novillos de espinazo negro y va vertiendo vino por sus frentes
245 y cortando las puntas de las cerdas en medio de las astas,
las echa por primicias sobre el fuego sagrado.
Y llama a voces a Hécate, poderosa en el cielo y en el Érebo.