Eneida
Eneida la estrella de la tarde cerrando el cielo enterraría el día.
375 Desde la antigua Troya, si acaso llegó el nombre de Troya a tus oídos,
navegando a través de luengos mares, quiso una tempestad
lanzarnos a su antojo a las costas de Libia. Yo soy el fiel Eneas,
el que traigo en mis naves conmigo los dioses hogareños rescatados
380 del enemigo. Es conocida mi fama más allá de los cielos.
Voy en busca de Italia, mi patria,
y de mi raza, que procede del mismo excelso Júpiter.
En veinte naves me lancé al mar frigio.
Iba mi madre, la diosa, señalándome el rumbo.
Yo seguía los hados que me habían asignado.
Apenas quedan siete, bamboleadas por las olas y el Euro.
Y yo mismo, ignorado, falto de todo,
385 voy cruzando los desiertos de Libia, rechazado de Europa como de Asia».
No puede Venus sufrir más sus lamentos y prorrumpe mediando en su dolor:
«Quienquiera que tú seas, creo yo que no aspiras