Eneida
Eneida el dechado de tal amor filial, reconoce a lo menos este ramo».
Le enseña el ramo oculto bajo el manto.
Con esto se apacigua el hervor airado de su pecho.
No se habla más. Se asombra Caronte admirando el don sagrado,
el ramo del destino que no veía hacía tiempo y va virando la popa verdiazul
410 y se acerca a la orilla. En seguida echa fuera a las almas
que iban sentadas en los largos bancos, deja libre la tilla
y al punto acoge a bordo al corpulento Eneas.
Cruje bajo su peso la recosida barca y por sus juntas da entrada a borbotones
415 al agua marismosa. Al cabo pasa el río y deja a la adivina
y al troyano salvos sobre un informe marjal de glaucas ovas.
El enorme Cérbero ensordece este reino con el ladrido de sus tres gargantas,
descomunal, tendido en su cubil frente a la entrada.
La Sibila, advirtiendo que se erizan las sierpes de su cuello, le arroja