Eneida
Eneida en la herbosa palestra de estos prados, se enfrentan
y combaten en la rojiza arena. Otros pulsan la tierra con los pies
645 danzando en coros y entonando cánticos. El sacerdote tracio de larga veste[184]
les va dando consonante respuesta en las siete notas de su lira,
que tañe con los dedos unas veces y pulsa otras su plectro de marfil.
Allí estaba la antigua dinastía de Teucro, galana descendencia,
los héroes magnánimos nacidos en tiempos más dichosos,
650 lio, Asáraco y Dárdano, el fundador de Troya.
Eneas asombrado ve esparcidas sus armas y sus carros vacíos.
Hincadas en la tierra están sus lanzas y sueltos los corceles
pacen desperdigados por el llano. Aquella misma afición a los carros
y a las armas que les ganaba en vida, aquel su afán en criar lucios sus potros,
655 perdura en ellos vivo bajo la tierra.
Allí de pronto Eneas ve a izquierda y a derecha a otros yantando por la yerba,