Eneida
Eneida cuando unas sacan las adultas crías, otras van espesando la miel líquida;
y de su dulce néctar llenan hasta los bordes las celdillas, o descargan del peso
a las que vuelven, o en marcial escuadrón ahuyentan de su hogar
435 el hato de los zánganos tumbones. Todo es hervor de afanes;
la miel fragante exhala aromas de tomillo.
«¡Dichosos, ay, aquellos que ya ven elevarse su ciudad!»
—prorrumpe Eneas— y alza la mirada al tejado de las casas.
Penetra entre la gente —maravilla contarlo— cercado del abrigo de la nube
440 y anda mezclado entre ellos sin que nadie lo vea.
En medio mismo de la ciudad había una arboleda de sombra exuberante,
donde los fenicios, al arribar lanzados por las olas y los vientos,
desenterraron el símbolo que Juno, la regia inspiradora, les había predicho,
la cabeza de un brioso caballo[9], señal de que sería su pueblo egregio en
445 y abundante en recursos por los siglos. Allí en aquel pasaje guerra