Eneida
Eneida estaba alzando la sidonia Dido un ingente templo a Juno, rico en dones
y por la manifiesta presencia de la diosa. De bronce era el umbral
a que la escalinata conducía, de bronce el entramado de sus vigas,
el bronce rechinaba en los quicios de las puertas.
450 Allí, entre la arboleda, se le ofrece una nueva sorpresa que le alivia
de su temor primero. Allí comienza Eneas a cobrar esperanza en salvarse,
y confía en que cambie su infortunio. Mientras al pie del espacioso templo,
esperando a la reina, lo recorre todo con su mirada y admira la fortuna
455 de la ciudad y la traza que se da cada artífice, y el primor de sus obras,
ve pintados en el orden debido los combates de Troya, aquella guerra
que en alas de la fama llega ya a todo el orbe,
los Atridas[10] y Príamo y Aquiles feroz para ambos bandos.
Se para y entre llanto: «¿Qué lugar, dime Acates,
460 qué región de la tierra no está llena de nuestros sufrimientos?