Eneida
Eneida Mira a Príamo. Aquí también el mérito tiene su recompensa.
Aquí también hay lágrimas para las desventuras,
la breve vida humana lancina el corazón. Desecha tu temor.
Este renombre concurrirá a salvarte». Dice y va apacentando
465 su ánimo con las vanas imágenes, gime una y otra vez. Le baña el rostro
largo raudal de llanto. Contemplaba las luchas en derredor de Pérgamo,
aquí huían los griegos y acosaba la juventud troyana, allí iban retirándose los frigios,
acuciados por el carro de Aquiles, el del casco de plumas.
Mas allá reconoce sollozando las tiendas de Reso con sus lonas,
blancas como la nieve, en las que el hijo de Tideo
470 a favor del primer sueño va haciendo una gran riza ensangrentado,
y se lleva a su campo sus fogosos corceles que no habían gustado
todavía de los pastos de Troya ni bebido del Janto[11].