Eneida
Eneida 115 y su osada mandÃbula los bordes de la torta fatal
y aun a pasar a sus anchos cuadrantes[216].
«¡Ay! Estamos comiéndonos las mesas», comenta Julo en broma. No dijo más.
Al punto en que fue oÃda, su ocurrencia ataja de primeras nuestros males.
Su padre se apresura a recogerla de los labios de su hijo
y en ella se concentra estupefacto ante el poder divino. Y en seguida prorrumpe:
120 «¡Salve, tierra que el hado me tenÃa reservada! Y vosotros también,
¡salve, fieles Penates de mi Troya! Éste es el paradero.
Aquà está nuestra patria. Mi padre Anquises
—ahora lo recuerdo— me fió este secreto del destino:
125— «Hijo, cuando llegado a ignotas playas, una vez consumidos los manjares,
te fuerce el hambre a devorar las mesas,
por cansado que te halles, espera encontrar allà morada,
y no te olvides de poner con tus manos los cimientos de la ciudad
y de montar sus muros de defensa». Ésta era el hambre a que se referÃa,