Eneida
Eneida 345 hervía allí la reina consumida de angustia, de ira mujeril.
Contra ella lanza Alecto una sierpe de las que ciñen sus cerúleas trenzas
y la va introduciendo por su seno hasta lo hondo del corazón
para que enfurecida vaya contaminando en su delirio la mansión entera.
La sierpe deslizándose por entre su vestido y entre sus delicados pechos
350 sin ser sentida avanza sus espiras y burlando a su víctima
frenética le inocula su huelgo viperino.
La monstruosa culebra se convierte en trenzado collar de oro
en torno de su cuello, se vuelve cinta de alargado fleco y va anudando así
su cabellera y repta escurridiza por sus miembros. Y mientras la infección
de la húmeda ponzoña infiltrada al principio por la piel
355 cunde por sus sentidos y se extiende su fuego por sus huesos
y primero que su ánimo llegue a incubar la llama en todo el pecho,
con el dejo de dulzura en la voz que acostumbra una madre