Eneida
Eneida 385 entre sus desdeñosos moradores. Y llega a más, fingiéndose poseída de Baco
afronta un sacrilegio aun más grave y se arroja a mayor frenesí.
Vuela a los bosques y esconde en la espesura de los montes a su hija
por arrancarla al tálamo troyano y retardar las antorchas nupciales.
«¡Evohé, Baco!», rompe en gritos bramando,
«sólo tú te mereces mi hija virgen.
390 Por ti ella empuña los flexibles tirsos, a ti te honra en sus danzas,
por ti deja crecer las trenzas que te tiene consagradas».
Va volando la fama. Enardece de furia a las matronas.
A todas les acucia un ardoroso afán: buscar un nuevo albergue.
Abandonan su hogar. Dan al viento su cuello y sus cabellos.
Otras llenan el aire de un tremante ulular
395 y ceñidas de pieles blanden sus manos férulas
enlazadas de pámpanos. La reina en medio de ellas empuña enardecida
una antorcha de pino llameante y canta el himeneo de su hija y Turno.