Eneida
Eneida queda aún el nombre ilustre de Árdea, pero no la fortuna ya perdida.
Turno allí en su palacio de elevada techumbre gozaba de su sueño.
Mediaba a la sazón la negra noche. Alecto se despoja de su torva catadura
415 y su cuerpo de Furia. Toma el rostro de anciana.
Surcan su odiosa frente las arrugas.
Prende una venda a sus cabellos canos y se ciñe las sienes
con un ramo de olivo. Se ha transformado en Cálibe,
la anciana servidora de Juno,
420 la guardiana de su templo. Y con estas palabras se presenta a los ojos del joven:
«Turno, ¿vas a sufrir que todos tus esfuerzos resulten malperdidos
y que pase tu cetro a unos colonos dárdanos?
Te niega el rey la boda y la dote ganada con tu sangre y se busca para el reino
425 un heredero extraño. ¡Ve en busca de peligros,
sin recompensa alguna, escarnecido!
¡Anda, derrota ejércitos tirrenos, asegura la paz a los latinos!