Eneida
Eneida animándose ansiosos a la lucha. A éste le atrae la gracia sin par de la belleza
y juventud de Turno, a aquél su alcurnia regia, al otro las gloriosas hazañas de su brazo.
475 Mientras inflama Turno de ardimiento y coraje a los rútulos,
Alecto agita sus estigias alas en vuelo hacia los teucros.
Al hilo de la costa con una nueva traza va oteando el paraje
donde el hermoso Julo acosaba a las fieras con redes y batidas.
De repente la muchacha infernal infunde rabia súbita a sus perros
480 transmitiéndoles el olor que les es bien conocido
para que enardecidos acosen a un venado.
Ésta fue la primera causa de sus desgracias,
la que azuzó sus almas campesinas a la guerra.
Era un ciervo de arrogante belleza, de profusa cornamenta.
Arrebatándolo de entre las mismas ubres de su madre lo criaban los hijos
485 y el mismo padre Tirro, el que pastoreaba los rebaños del rey