Eneida
Eneida y tenía a su cargo la custodia de sus extensos campos.
Silvia, la hermana, lo había acostumbrado a obedecer sus órdenes.
Y con todo su amor festoneaba sus cuernos
trenzándoles guirnaldas primorosas y peinaba al agreste animal
490 y lo bañaba en cristalina fuente. Él, dócil a sus manos, avezado a comer
en la mesa de su dueña, vagaba por los bosques y regresaba a casa,
al amparo del umbral conocido, por sí solo aunque fuera la noche bien entrada.
Aquel día mientras el ciervo lejos vagaba descarriado,
la jauría de Julo, quien andaba cazando, lo acosó enfurecida
495 cuando iba el animal dejándose llevar por la corriente
del río y se aliviaba del calor al amparo del verdor de la orilla.
Encendido del ansia de la eximia proeza,
Ascanio enderezó la saeta tensando el corvo cuerno.
No le faltó a su diestra vacilante la ayuda de la divinidad, pues la caña disparada