Eneida
Eneida con pujante estridor penetró por el vientre y los ijares.
500 Herido el animal, huye a ampararse en la casa que le era conocida
y se adentra gimiendo en el establo y ensangrentado llena
como implorando auxilio con sus quejidos la morada entera.
Antes que nadie Silvia, la hermana, golpeándose los brazos
con las palmas de las manos pide ayuda
y va llamando a gritos a los rudos campesinos.
505 Acuden ellos de improviso, que está oculta la Furia repugnante en los silentes bosques,
el uno arbola un tizón aguzado a la lumbre,
el otro carga al hombro una nudosa estaca;
lo que encuentra a su paso cada cual su misma furia lo convierte en arma.
Tirro, que estaba entonces hendiendo un roble en cuartos con el filo de unas cuñas,
510 empuña un hacha y jadeante de ira alza en armas su escuadrón.
La fiera diosa en tanto avizora desde su atalaya la ocasión de daño,
tiende el vuelo al tejado del establo y de su misma cima