Eneida
Eneida cuando Eneas, el padre de los suyos, turbada el alma por la triste guerra,
se tiende en la ribera bajo la fría bóveda del cielo
30 y acaba por rendir su cuerpo al tardo sueño.
Entonces el dios mismo del paraje, el anciano Tiberino[253],
le pareció que alzaba la cabeza
de la amena corriente por entre la espesura de los álamos. Iba envuelto
de un tenue cendal de glauco lino, los cabellos ceñidos de hojosas espadañas.
35 Y le habla y le disipan los cuidados de su alma estas palabras:
«¡Vástago de la estirpe de los dioses, que nos devuelves la ciudad de Troya[254]
de manos enemigas, tú, custodio de la Pérgamo eterna,
el esperado del solar laurentino y los campos del Lacio,
aquí tienes la morada asignada, aquí están a seguro
40 tus dioses hogareños! No te vayas. No te asuste la amenaza de guerra.
Todo el enojo, todas las iras de los dioses se han calmado.