Eneida
Eneida 55 con los latinos. Asocia tú sus fuerzas con las tuyas, traba alianza con ellos.
Te guiaré yo mismo al hilo de mi orilla, río arriba, por que logres remando
remontar la corriente. ¡Ea, hijo de una diosa,
levántate y al punto en que comienzan a ponerse las estrellas,
ofrece tus plegarias a Juno en la forma debida
60 y aplaca la amenaza de su enojo con votos suplicantes!
A mí cuida de honrarme cuando triunfes. Soy el cerúleo Tiber,
el río más amado de los cielos, el que ahora ves bañando estas riberas
con su caudal sobrado, que por su pingüe vega se abre paso.
65 Aquí irrumpe mi sede dilatada, cabeza de poderosas urbes».
Dijo el río y se hundió en lo hondo del remanso
y fue a acogerse al seno de su lecho.
A un tiempo noche y sueño dejan a Eneas. Surge
y vueltos los ojos a los nacientes rayos del sol
allá en la altura, retiene según rito agua viva en el cuenco de sus manos
70 y eleva hacia los cielos estas súplicas: «Ninfas, ninfas laurentes,