Eneida
Eneida vosotras que a los ríos dais su ser,
tú, padre Tíber, y contigo, tú, sagrada corriente,
acoged a Eneas y guardadle de peligros. Allá donde se encuentre el manantial
del remanso en que moras tú, que te compadeces de mis duelos,
75 en la tierra en que afloras tan radiante de gracias, siempre acudiré a honrarte,
he de colmarte siempre de mis dones, río que arbolas cuernos, que las aguas
de Hesperia señoreas. Sólo te pido que me asistas
y que hagas más patente tu presagio».
Dice y de entre sus naves elige una pareja de birremes, las equipa de remos
80 y a la par arma a sus compañeros. De repente se presenta a su vista
una asombrosa señal: tendida sobre la verde orilla, en la arboleda,
divisan una cerda de luciente blancura con sus crías de idéntico color.
El fiel Eneas te la ofrece en sacrificio a ti, Juno,
precisamente a ti, excelsa entre las diosas,
85 y la apresta ante el ara con sus crías. El Tíber a lo largo de la noche