Eneida
Eneida sosiega su hervorosa corriente y, refluyendo, refrena su carrera
con tan silente calma que a imagen de la paz de un estanque
o de una plácida laguna alisa el haz del agua
por ahorrarles trabajo a sus remeros.
90 A su vista los teucros aceleran con gritos de alegría el viaje comenzado.
El embreado abeto se desliza por las aguas del río. Se pasma su caudal
y se pasma la arboleda no avezada al intenso relumbre que despiden
los broqueles guerreros ni a ver bogar entre las ondas las pintadas bordas.
Baten ellos las aguas sin cesar noche y día y salvan las continuas
95 revueltas de su curso, cubierto por las ramas de los variados árboles,
y cortan por la fronda verdegueante sobre la llana placidez del agua.
Ya había remontado el sol fogoso la mitad de la bóveda del cielo
cuando ven a lo lejos los muros, el alcázar y los tejados
de las desperdigadas casas que el poderío de Roma ha alzado ahora al firmamento,