Eneida
Eneida Fiado en esto no he pensado en mandarte emisarios ni he usado amaño alguno
para acercarme a ti. Yo, yo mismo he venido,
145 expuesto a todo, a suplicar ayuda en tus umbrales.
El mismo pueblo daunio que te hostiga,
nos acosa también con despiadada guerra.
Cree si nos expulsa que nada va a impedirles someter a su yugo Hesperia entera
y todo el mar que baña sus orillas por Oriente y Poniente.
Acepta la palabra que te doy y dame tú la tuya. Tenemos corazones
150 valientes en la guerra, jóvenes animosos probados ya en los riesgos».
Dejó de hablar Eneas. Hacía rato que recorría Evandro con la mirada el rostro
y los ojos y la figura toda del que hablaba.
Al cabo en pocas palabras le responde:
«¡Qué a gusto te acojo y reconozco en ti al más valeroso de los teucros!
155 ¡Cómo vuelve a mi mente la manera de hablar de tu padre, el gran Anquises,
su voz y sus facciones! Lo recuerdo. Fue durante aquel viaje que hizo Príamo,
el hijo de Laomedonte, al reino de Hesíone, su hermana, a Salamina[259]