Eneida
Eneida ni el desprecio de los antiguos dioses.
Lo observamos renovando con él, huésped troyano,
los honores debidos por habernos librado de un horrible peligro.
190 Pon la vista primero en esa peña colgada de los riscos.
Mira cómo está allí la mole desgajada y la manida desierta
sobre el monte y los pedruscos precipitados en desplome ingente.
Allí hubo en otro tiempo una cueva apartada, espaciosa, profunda, inaccesible
195 a los rayos del sol, donde moraba Caco,
hombre monstruoso, de horrenda catadura.
Siempre humeaba el suelo de su cueva con la sangre reciente de sus víctimas.
Pálidos rostros de hombres de repelente podre
pendían como un reto de su umbral.
Era Vulcano el padre de aquel monstruo. Cuando movía su imponente mole
vomitaba su boca llamaradas del embreado fuego de su padre.
200 A nosotros también oyendo nuestras ansias nos mandó al cabo del tiempo
la venida y la ayuda de un dios. Pues entonces llegó el gran vengador, Alcides,