Eneida

Eneida

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a favor del mismo viento! Enviaré unos fieles vigías

a lo largo de la costa y ordenaré que exploren

los confines de Libia, por si, arrojado a estas riberas, anduviese ahora errante

por bosques y poblados». Sus palabras enardecen el alma del valeroso Acates

580 y del caudillo Eneas. Hacía largo rato que ardían en deseos de salir de la nube.

Acates se adelanta a instar a Eneas: «¡Hijo de diosa!, ¿qué idea se le ocurre

ahora a tu mente? Todo lo ves a salvo. Has recobrado naves, compañeros.

Uno falta, el que vimos con nuestros propios ojos anegado en las olas[14].

585 Lo demás concuerda con lo dicho por tu madre».

Hablaba todavía y, de repente, se desgarra la nube

tendida en tomo de ellos y se funde en el aire transparente.

Quedó Eneas erguido —deslumbraba en la viva claridad—

semejante en la cara y en los hombros a un dios. Pues su madre le había

inhalado un efluvio de gracia a sus cabellos, y la lumbre purpúrea


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