Eneida
Eneida 590 de lozana juventud y un vislumbre de gozo a su mirada.
Era como el realce de belleza que da al marfil la mano,
o como el viso de la plata o del mármol de Paros
circundado del amarillo resplandor del oro.
Se dirige a la reina y, ante el pasmo de todos, prorrumpe de improviso:
595 «Tenéis ante vosotros al mismo que buscáis, a Eneas el troyano,
rescatado de las olas del mar de Libia. Reina, tú eres la única que has sentido piedad
de los dolores indecibles de Troya, que a estos restos del furor de los griegos,
agotados por todos los reveses de la tierra y el mar, desprovistos de todo,
600 nos haces tomar parte en tu ciudad y tu patria.
No está, Dido, en nuestras manos
darte las gracias que mereces, ni en las de cuantos dárdanos
aún quedan esparcidos por todo el haz del orbe. ¡Que los dioses te den
la recompensa debida, si hay poderes divinos que miran por los buenos,