Eneida
Eneida Se acercan entre jaras los galos. Amparados en las sombras,
a favor de la noche cerrada, alcanzan ya la cumbre. Sus cabellos son de oro;
es de oro su vestido; lucen listados sayos;
llevan collares de oro anudados al cuello
660 blanco como la leche; sus diestras van blandiendo dos venablos alpinos;
largo escudo les cubre el cuerpo entero.
Allí Vulcano había cincelado a los Salios danzando,
a los lupercos desnudos; los bonetes picudos con sus borlas de lana,
los escudos caídos del cielo y los mullidos coches en que castas matronas
665 desfilaban por la ciudad portando los objetos de culto[284].
Añade más allá la morada del Tártaro, el alto umbral del reino de Plutón
y el castigo de los crímenes. Y a ti, Catilina,
colgado de un peñasco a punto de caer,
temblando ante la cara de las Furias. Y aparte los justos y Catón,
670 que les va dictando leyes. En el centro tendíase a la vista
el hervoroso mar labrado en oro[285].