Eneida
Eneida y le sigue, ¡oh, baldón!, su esposa egipcia.
Se lanzan todos a una rasgando el haz del mar,
que borbollea espuma al golpe de los remos girados hacia atrás
690 y los tres esperones de las proas. Ponen rumbo a alta mar.
Creerías estar viendo a las Cícladas
desgajadas atravesar a nado el oleaje
o entrechocar encumbradas montañas con montañas.
Con tan ingentes moles los marinos embisten a las popas torreadas.
Se cruzan teas de inflamada estopa y el hierro volandero de los dardos.
695 Se ven los campos de Neptuno tintos de fresca sangre derramada.
La reina está en el centro convocando a los suyos al son del sistro patrio.
No ha visto todavía los dos áspides que acechan a su espalda.
Dioses de toda traza y aterradora catadura y el ladrador Anubis[287]
empuñan sus venablos contra Neptuno y Venus y la misma Minerva.
700 Marte labrado en hierro arremete airado en medio del combate.
Por el aire van aleando las odiosas Furias.