Eneida
Eneida Había allí en la misma cumbre del monte
un claro de bosque donde me presentaban
85 los hombres sus ofrendas. Era un pinar, objeto de mi amor por largos años,
sombreado de negras arboledas de pinos y de frondosos arces.
Yo se los di de grado al joven dárdano cuando necesitaba de una flota.
Y ahora me agita y me acongoja el alma un cuidado angustioso.
90 Líbrame de él. Accede a que consigan esta gracia los ruegos de tu madre.
Que no haya travesía ni turbión de huracán que lo venza o quebrante.
Válgale haber nacido en mis montañas». Su hijo, el que va girando
los astros por la bóveda del cielo, le replica:
«Madre, ¿a qué extremo fuerzas a los hados?
¿Qué pretendes para ésos? ¿Que posean privilegio inmortal unas naves
95 que son obra de manos mortales?
¿Que recorra seguro Eneas los azares del piélago inseguro?
¿A qué dios se le dio jamás tal valimiento? Pero voy a hacer esto:
cuando cubran su última travesía y hayan ganado al cabo un puerto ausonio,