Eneida
Eneida y llena de terror las huestes de troyanos y de rútulos:
«No corráis azorados a defender mis naves, teucros, ni empuñen arma alguna
115 vuestras manos. Primero abrasaría Turno el piélago que mis sagrados pinos.
Marchad libres vosotras; ea, diosas del mar. Vuestra madre os lo manda».
Al punto cada nave arranca sus amarras de la orilla[303]
y sumergiendo su espolón se hunden como delfines en el fondo.
Entonces —maravilla el portento—
cuantas proas de bronce había atadas antes a la orilla, otras tantas afloran
120 trocadas en figura de muchachas y van nadando por las ondas.
Se pasman de estupor los rútulos.
El mismo Mesapo se consterna. Se espantan sus caballos.
Refrena su corriente el río Tíber rompiendo en ronco son
125 y echan pie atrás sus ondas desde el fondo.
Pero no pierde el ánimo el arrojado Turno, antes infunde bríos
e increpa así a los suyos: «Estos portentos van contra los teucros.