Eneida
Eneida que sepan que no tienen que habérselas con dánaos ni con jóvenes pelasgos[306],
155 aquellos a los que Héctor tuvo a raya diez años.
Ahora, como ha pasado lo mejor del día,
emplead, camaradas, lo que resta,
satisfechos de haberlo aprovechado, en reponer fuerzas,
y alerta, que el combate nos aguarda».
Se da orden a Mesapo de que, en tanto,
monte un retén de guardia en cada puerta
160 y de que encienda hogueras en torno de las rampas. Son catorce
purpúreos los airones, resplandecientes de oro, catorce son los jefes
jóvenes que los rútulos escogen para guardar los muros.
A cada uno le siguen cien guerreros.
Van y vienen. Se turnan y tendidos por la yerba
165 gozan del don del vino vaciando las cráteras de bronce.
Relumbran las hogueras. Los centinelas pasan la noche desvelados entre juegos.
Lo observan los troyanos desde la empalizada y defienden armados sus adarves.
Medrosos corretean atentos a las puertas.