Eneida
Eneida y por asir la diestra que le tienden los suyos. Pero Turno que le sigue
con los pies y la lanza al mismo tiempo, al fin le increpa victorioso:
560 «¿Conque esperabas escapar de mis manos, insensato?» Y al punto lo arrebata
colgado como estaba y desprende a la vez una parte del muro,
igual que cuando el ave portadora de los dardos de Júpiter
prende en sus corvas garras y alza al aire una liebre o un cisne
de plumaje de nieve o cuando del establo roba el lobo de Marte
565 un cordero que su madre reclama balando sin cesar.
Por todas partes se eleva un griterío.
Los rútulos acosan y rellenan los fosos con la tierra del terraplén,
otros arrojan teas ardiendo a los tejados.
Ilioneo tiende en tierra a Lucecio de un molón, todo un trozo de monte,
570 en el instante en que portando fuego llegaba hasta la puerta.
Derriba Líger a Emación y a Corineo Asilas,
diestro el uno en lanzar la jabalina,