Eneida
Eneida ¡Ea, mujeres frigias, pues no sois hombres frigios,
volveos a las cumbres de Díndima,
donde tan bien sabéis del doble son que emite vuestra flauta!
¡Os están llamando los timbales y el berecintio boj de la Madre del Ida!
620 ¡Dejadles a los hombres las armas, renunciad a las espadas!»
No pudo soportar Ascanio su jactancia ni afrentas tan procaces.
Y vuelto hacia él retesa su saeta en la cuerda de crines de caballo
y separando los brazos un gran trecho, se detiene y dirige primero
a Júpiter sus preces y promesas suplicantes: «¡Omnipotente Júpiter,
625 favorece mi audacia! Yo mismo llevaré todos los años dones a tu templo
y ante tu altar pondré un novillo de dorados cuernos,
radiante de blancura, con la testuz como su madre de alta, que ya embista
y que con su pezuña pueda esparcir la arena por el aire».
Le oye el dios y retumba un trueno por la izquierda por la parte del cielo[325]