Eneida
Eneida 630 despejada de nubes. Suena a la par el arco portador de la muerte
e impulsada hacia atrás irrumpe la saeta con hórrido estridor
y atraviesa la cabeza de Rémulo y hiende con su hierro el hueco de sus sienes.
«¡Anda, insulta el valor con palabras infatuadas!
Ahà tienes la respuesta que a los rútulos dan
635 unos frigios dos veces capturados». No dice más Ascanio.
Los teucros le corean con sus gritos y rugen de alegrÃa
y se exaltan hasta el cielo sus ánimos. Entonces casualmente estaba Apolo,
el de la larga cabellera, contemplando desde lo alto del cielo el ejército ausonio
y el recinto de los teucros, sentado en una nube y al victorioso Julo
640 le dice estas palabras: «¡Bravo, muchacho, por tu joven valor!
¡Asà se llega hasta los mismos astros, tú, vástago divino, tú que un dÃa serás
padre de dioses[326]!. Todas las guerras
que han de sobrevenir por designio del hado
es bien justo se apacigüen un dÃa bajo el mando del linaje de Asáraco.