Eneida
Eneida Tú no cabes en Troya». Dice y desciende al punto de la cima del aire
645 hendiendo el hálito de las auras y va en busca de Ascanio.
Cambia entonces la traza de su rostro por la del viejo Butes,
el que fue en otro tiempo el escudero del dardanio Anquises
y el fiel guardián de sus umbrales,
al que un día confió Eneas el cuidado de su hijo.
650 Era Apolo ya en todo semejante al anciano, en la voz, en la tez del rostro,
en los cabellos canos, en el hórrido son de sus armas. Va al encuentro
del ardoroso Julo y le dice: «Date por satisfecho, hijo de Eneas,
con haber derribado con tu flecha a Numano sin daño por tu parte.
El gran Apolo te ha deparado esta primera gloria. No se siente celoso
655 de tus armas, que igualan a las suyas. En adelante deja de pelear, muchacho».
Mediando estas palabras se desprende de su traza mortal y va desvaneciéndose
de la vista a lo lejos en el aire delgado. Los jefes de los dárdanos