Eneida
Eneida reconocen al dios y sus armas divinas
660 y perciben el son de su carcaj cuando se aleja.
Ante el mandato y el designio de Febo, le refrenan a Ascanio, ganoso de pelea,
y ellos vuelven a lanzarse al combate y corren a exponer
sus vidas donde hay menos resguardo de peligro. Van cundiendo los gritos
de fortín en fortín a lo largo de los muros.
665 Tensan briosamente los arcos, voltean jabalinas con correas.
Se cubre todo el suelo de dardos, los broqueles y los huecos almetes
resuenan con los golpes. Se traba fiera lucha con la fuerza
con que azota la tierra el aguacero que viene de poniente cuando surgen
las lluviosas cabrillas[327], tan cerrada como la densa tromba de granizo
670 que despeñan las nubes en el mar cuando Júpiter,
hórrido con la fuerza de los Austros,
vibra su turbión de agua y hace estallar los huecos nubarrones por el cielo.
Pándaro y Bitias, hijos de Alcánor, el del Ida,