Eneida
Eneida a los que allá, en un claro del bosque de Júpiter
crió Jera, la ninfa de los sotos, mozos talludos igual que los abetos
de los montes nativos, confiando en sus armas dejan franca la puerta
675 que por orden del jefe tenían a su cargo, e invitan a pasar al enemigo[328].
Ellos se plantan dentro a derecha e izquierda delante de las torres.
Bien armados de hierro airean sus cabezas altivas
las ondulantes plumas del penacho, como se alzan
dos encinas gemelas a los aires en torno a las corrientes translúcidas
680 a orillas del Po o allá a la vera del apacible Adigio.
Irrumpen en tropel los rútulos en viendo de par en par las puertas,
pero al punto Quercente y Aquículo,
galano con sus armas, y el impetuoso Tmaro
685 y Hemón, el de la raza de Marte, rechazados con toda su columna,
o vuelven las espaldas o allí en el mismo umbral dejan sus vidas.
Con esto se embravece todavía la furia de los ánimos en lucha.