Eneida
Eneida que el rey rútulo se precipita en medio del tropel
y que le ha dado entrada en el recinto
730 igual que a un fiero tigre en medio de un rebaño desvalido.
Al instante relumbra un brillo nunca visto en los ojos de Turno,
sus armas suenan con horrendo fragor. Las plumas de bermeja sangre alean
en lo alto del airón. Despide su pavés fulgurantes destellos.
Reconocen los de Eneas al punto espantados aquel odioso rostro,
735 su gigantesca corpulencia. El enorme Pándaro da un salto hacia adelante
e hirviendo en furia por la muerte de su hermano prorrumpe:
«Este no es el palacio que Amata te da en dote
ni es Árdea, la que retiene a Turno
en el recinto de sus muros nativos. Estás en campamento de enemigos.
740 No hay salida de aquí». Y Turno sonriéndole, sin inmutarse en su ánimo:
«Comienza, si hay coraje en tu pecho.
Ven a trabar combate. Podrás decirle a Príamo
que has encontrado aquí un segundo Aquiles», prorrumpe.