Eneida
Eneida Pándaro afirma el pie y con todas sus fuerzas voltea y le dispara
su jabalina, un chuzo nudoso, todavía con su áspera corteza.
745 Lo recogen las auras, que la Saturnia Juno le desvía el camino de la herida[331]
y se clava en la puerta. «Pues no vas a librarte tú del arma
que ahora blande mi diestra vigorosa;
otro es el que la empuña y el que hiere».
Dice y se empina cuanto puede sobre la espada que su brazo eleva
750 y le descarga el hierro en mitad de la frente entre ambas sienes
y con horrible herida separa las mejillas imberbes todavía.
Suena un crujido. Tiembla la tierra sacudida del imponente golpe de su cuerpo
y al expirar alarga por el suelo sus miembros abatidos
y la armadura tinta de sangre del cerebro y en dos partes iguales
755 sobre un hombro y sobre otro se le queda colgando la cabeza.
Los troyanos volviendo las espaldas se dispersan azorados de espanto.