Eneida
Eneida 10 a la divinidad, a correr tantos trances, a afrontar tantos riesgos.
¿Cómo pueden las almas de los dioses incubar tan tenaz resentimiento?
Hubo de antiguo una ciudad, Cartago —se asentaron en ella emigrantes de Tiro—,
frente a Italia, a lo lejos de la boca del Tíber, opulenta,
15 feroz como ninguna en empeños guerreros.
Dicen que Juno la prefirió entre todas. Samos viene después.
Allí tuvo sus armas, allí tuvo su carro de guerra.
Desde entonces ponía su ambición y sus desvelos
en hacer de ese reino el señor de la tierra,
si accedían los hados a sus planes. Pero había llegado a sus oídos
que de sangre troyana provenía la raza que un día llegaría a derrocar
20 los alcázares tirios; de ella el pueblo señor de anchos dominios,
soberano en la guerra, que arrumbaría Libia. Era el designio que giraban las Parcas.
Temerosa de este presagio, la hija de Saturno traía a su memoria
