Eneida
Eneida la guerra que otro tiempo libró por sus queridos argivos ante Troya.
No se habÃan borrado de su mente las causas de su enojo
25 ni su amargo pesar. Queda en lo hondo de su alma fijo el juicio de Paris
y el injusto desprecio a su hermosura
y el odio a aquella raza y el honor dispensado a Ganimedes.
Quemada aún más por esto, iba acosando por todo el haz del mar a los troyanos,
30 —los restos que dejaron los dánaos y el iracundo Aquiles—
y los iba manteniendo alejados del Lacio. Largos años llevaban
errantes, rodando por los mares, juguete de los hados.
¡Tan imponente esfuerzo costó dar vida a la nación romana!
Ya apenas avistaban los troyanos las costas de Sicilia. Y bogaban gozosos
35 mar adentro, a velas desplegadas, y hendÃan con sus proas las olas espumantes
cuando Juno que guarda en lo hondo de su pecho la herida siempre abierta,
da vueltas y más vueltas a su encono: «¡Que tenga yo que desistir vencida
