Eneida
Eneida 325 mientras vas siguiendo a Clicio, que hace ahora tus delicias,
—le dora el primer vello aún las mejillas— yacerÃas en tierra, triste de ti,
abatido por la diestra dardánida, sin cuidado ya alguno
de todos tus amores moceriles, si no viene en tu ayuda la cerrada cohorte
de los hijos de Forco —son siete y otros siete los dardos que disparan—.
330 Unos van rebotando en el yelmo y broquel en vano, otros su madre Venus
se los desvÃa y le pasan rozando el cuerpo. Eneas dice en esto al fiel Acates:
«Dame dardos, de aquellos que en los llanos de Ilión
clavé en los cuerpos griegos.
Ni uno va a disparar contra los rútulos mi diestra sin blanco».
335 Y arrebata su mano una gran jabalina y la dispara.
Vuela el arma y traspasa el escudo de Meón
y le desgarra a un tiempo peto y pecho. Acude al punto Alcánor
en auxilio de su hermano y con su diestra
sostiene el cuerpo que se viene a tierra,