Eneida
Eneida y te vibran los dedos medio muertos y tratan de volver a asir la espada.
Enardece a los árcades la arenga de su jefe y contemplando sus proezas
el despecho y la afrenta mezclados en sus almas les aguija al combate.
Palante entonces traspasa al vuelo el pecho de Reteo
que huyendo se cruzaba en su carro por delante;
400 lo que le da un respiro y alguna tregua a Ilo —a éste iba dirigida
la poderosa lanza desde lejos—. Pero Reteo trata de escapar de tu alcance,
noble Teutrante, y el de tu hermano Tires y se interpone y rueda de su carro
y golpea agonizante con sus talones las campiñas rútulas.
405 Como por el estío cuando soplan los vientos a gusto del pastor,
éste de trecho en trecho arma fogatas entre las arboledas
y se corren las llamas al espacio intermedio
y se extiende en un frente la línea crepitante de Vulcano
sobre los anchos llanos, y él, sentado en un alto,
mira ufano la traza de las llamas triunfantes,