Eneida
Eneida le atraviesa el escudo por el centro. No pueden impedirlo tantas láminas
de hierro ni de bronce ni tanta piel de toro como en dobles lo cubre y lo rodea.
485 Le penetra la valla de la cota y le horada el ancho pecho.
Palante arranca en vano el hierro de la herida cálida todavía.
Por una misma vía se le escapa la sangre con el alma. Se derrueca de bruces
sobre la herida. Suenan las armas con estruendo en su caída
y al expirar golpea la tierra hostil su boca ensangrentada.
490 Turno a su lado en pie prorrumpe: «Arcadios, recordad lo que os digo
y trasladadlo a Evandro. Le devuelvo a Palante tal como se lo tiene merecido.
El honor del sepulcro, cualquiera que éste sea, y el consuelo
que puede deparar el dar tierra a un cadáver, se lo otorgo generoso.
No le va a costar poco la acogida de Eneas».
495 Dice y planta el pie izquierdo sobre el cuerpo ya exánime
y le arranca el enorme tahalí con la escena de horror grabada en él[360]: