Eneida
Eneida don de su prometida, como el león ayuno que ronda sin cesar los establos vallados
725 aciado de hambre ciega, si avista alguna cabra fugitiva o algún ciervo
de enhiesta cornamenta, exulta abriendo sus inmensas fauces,
eriza sus guedejas y ahinojado se pega a las entrañas de su presa
y su belfo cruel queda bañado en repulsiva sangre;
asà se precipita Mezencio impetuoso en las cerradas filas enemigas.
730 Queda tendido Acrón, el sin ventura, que bate en su agonÃa
con sus talones la sombrÃa tierra y va bañando su lanza rota en su sangre.
Ve a Orodes que va huyendo y no se digna abatirle de un tiro por la espalda.
Corre a su encuentro, le acomete de frente y se traba con él y le vence
735 no por traza de astucia sino en el bravo empuje de las armas.
Luego, sobre el caÃdo, apoyando a la par el pie y la lanza: «Camaradas,
yace vencido el orgulloso Orodes, parte no despreciable en esta guerra».