Eneida
Eneida sobre él de todas partes aguanta la avalancha hasta que acaba de descargar.
810 Y a Lauso increpa y amenaza a Lauso: «¿Dónde te precipitas
en busca de la muerte? ¿A qué acometes riesgos que exceden a tus fuerzas?
¡Imprudente! Tu amor de hijo te engaña».
Pero no deja el otro de encresparse insensato.
Ya una ira fiera remonta el pecho del caudillo troyano,
y ya acaban las Parcas de devanar las hebras de la vida de Lauso,
815 pues Eneas descarga su poderosa espada en pleno cuerpo del muchacho
y la entierra hasta la empuñadura. Ya la punta había traspasado el broquel,
parva defensa para tanta osadía, y la túnica que le bordó su madre
entrelazándola de flexible hilo de oro. Y le había inundado en sangre el pecho.
820 Al cabo su vida dejó el cuerpo y se fue por las auras desolada a las sombras.
Pero el hijo de Anquises contemplando aquel rostro moribundo,
aquella cara que iba cubriendo una asombrosa palidez,