Eneida
Eneida compadecido de él, gime en lo hondo de su pecho.
Y le alarga la mano y aflora a su alma el vivo reflejo de su mismo amor filial.
825 «¿Qué podría ahora darte, infortunado joven,
por esa noble hazaña el fiel Eneas?
¿Qué galardón digno de tan gran alma?
Quédate con esas armas que eran tu alegría.
Y por si ello te causa todavía algún cuidado, te devuelvo a las sombras y cenizas
de tus mayores. Y ahora, desventurado, que esto al menos te sirva
830 de alivio en la desgracia de tu muerte:
es el brazo del poderoso Eneas quien te vence».
Más todavía, increpa a los reacios compañeros de Lauso.
Y lo alza él de la tierra[367],
mancillados de sangre los cabellos peinados a usanza de su patria.
Su padre estaba en tanto a la orilla del Tíber,
restañando en las ondas sus heridas
y descansando allí reclinaba su cuerpo en el tronco de un árbol.
835 Pende el yelmo a distancia de lo alto de una rama y sus pesadas armas